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Ayer y hoy del Patrimonio Tucumano

Publicado en la Revista Nº 12
de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán
Edicición Especial con motivo del 40 aniversario de la Institución

 

JUNTA DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE TUCUMÁN

Autora: Lic.Teresa Piossek Prebisch

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2 de mayo de 2006

Este año 2006 la Junta de Estudios Históricos de Tucumán elige por tercera vez, como eje de su curso anual, el tema Patrimonio. Lo hace ampliando lo que se dictó en los años 2004 y 2005 con la inclusión de materias como la concerniente al patrimonio paleontológico.

Tucumán, en comparación con otras provincias argentinas, en muchos aspectos ha demostrado carecer de una clara conciencia del privilegio que significa ser depositario de un patrimonio formado a través de los años, constituido tanto por bienes culturales como naturales ya que unos y otros son los que definen y dan sentido vital a la singularidad de un lugar y de la comunidad que lo habita. Este fenómeno de ausencia de una conciencia colectiva sobre el cuidado que merece el patrimonio no es reciente, sino de muy larga data y la Junta quiere contribuir a superarlo ejerciendo una acción docente, mediante la difusión del conocimiento sobre el tema en el convencimiento de que para amar las cosas hay que conocerlas.

Desde el inicio del período hispánico de nuestra historia, en el siglo XVI, cuando los conquistadores empezaron a explorar suelo argentino y a fundar ciudades en él, los nombres de dos puntos geográficos de nuestra patria adquieren especial resonancia y difusión: el Río de la Plata y Tucumán.

Los testimonios relativos a Tucumán que se refieren a nuestra naturaleza, a nuestra ciudad y a nuestra idiosincrasia se suceden a lo largo de los siglos y de ellos he hecho una selección.

Respecto de la naturaleza, -el más grande patrimonio con que nos regaló la suerte- resulta muy significativo que el nombre Tucumán, desde el primer testimonio, vaya ligado a la idea de bosques, de selvas, de riqueza vegetal.

Así ocurre con la primera mención que he encontrado en los documentos del siglo XVI. Es el testimonio de Julián de Humarán que, siendo un muchacho de apenas 12 años, participó de la histórica entrada de Diego de Rojas cumplida entre 1543 y 1546. Su testimonio, al ser el primero, adquiere una especie de carácter bautismal: define a Tucumán como país de grandes arboledas, tan espesas, que los conquistadores debieron abrirse camino con hachas, picos y azadones.

Como bien sabemos, las grandes arboledas surgen en sitios fértiles, generosamente regados por el agua, y la segunda mención documental que he encontrado, también del siglo XVI, se refiere a este aspecto: el agua. Corresponde al jesuita Alonso Barzana, misionero y lingüista eminente que misionó en el Noroeste argentino en las décadas finales de ese siglo, cuando ya estaban fundadas la más vieja ciudad argentina, Santiago del Estero, y la segunda en edad, la San Miguel de Tucumán levantada en el asiento de Ibatín. En una carta al superior de la Orden Barzana escribía así:

Gruesa y fértil es toda la provincia de [El Tucumán] ... particularmente San Miguel de Tucumán que es un vergel... En cinco o seis leguas (30 o 35kms.) hallarán seis o siete ríos claros como el cristal... Son los montes de esta ciudad muy grandes, muy hermosos y fértiles...

Efectivamente, esos magníficos montes –selvas- estaban formados por árboles que habían crecido en el suelo ubérrimo, al amparo de las Sierras del Aconquija que, semejante a un gigantesco muro protector, les brindaba regulares temperaturas y grados se humedad. Así, en ese ambiente óptimo, durante muchos siglos los árboles habían crecido sin ser molestados por la acción humana hasta alcanzar la plenitud de su desarrollo con alturas y corpulencias que asombraban como algo de maravilla a todos aquellos que los contemplaban.

El impacto que producía Tucumán en quienes llegaban a su suelo se potenciaba por el hecho de que los caminos que conducían a él atravesaban tierras que eran la antípoda de su lozanía y esplendor vegetal. El que llegaba desde el noroeste pasaba antes por los adustos Valles Calchaquíes. El que llegaba desde el sudeste lo hacía después de atravesar la arenosa llanura santiagueña cubierta de austeros bosques de algarrobos, quebrachos o churquis. Es decir, que se viniera de donde se viniese, la entrada a Tucumán resultaba, por contraste, absolutamente espectacular y veremos más adelante cómo expresan esta sensación, mucho tiempo después que el P. Barzana, Juan Bautista Alberdi y Domingo Navarro Viola.

Contemporáneamente a Barzana el vecino de Santiago del Estero llamado Pedro Sotelo de Narváez escribía al presidente de la Audiencia de Charcas informándole sobre la región noroeste en general y, al referirse a nuestra provincia, habla de otra impresión que producía en el espíritu el paisaje tucumano. Sabemos que los distintos paisajes conmueven de distinta manera; unos producen sensación de placidez, otros, de soledad, o de agobio y, algunos, hasta angustian, pero el de Tucumán –nos dice- brindaba apacible recreación...

A medida que Tucumán era siendo conocido gracias a descripciones de viajeros, fue configurándose una imagen de características legendarias, de una región excepcionalmente bien dotada por la Madre Naturaleza tanto por su belleza como por su abundancia; sin embargo, simultáneamente, también fue conformándose la peligrosa impresión de que su riqueza vegetal era inagotable por lo que comienza su explotación intensa para los niveles de la época, como se deduce del siguiente testimonio del mismo Sotelo de Narváez:

Se saca madera de cedros y nogales para todos los pueblos de la tierra porque es muy abundante en ella...

En septiembre de 1685 nuestra ciudad de San Miguel de Tucumán fue trasladada de Ibatín a La Toma, lugar que hoy ocupa. Hubo muchos que rechazaban el traslado y argumentaban que La Toma era, desde todo punto de vista, un sitio malísimo para asentar una ciudad.

La mudanza finalmente sucedió y los testimonios demuestran que el nuevo sitio no era tan malo como lo pintaban los ibatineños reacios al traslado, sino todo lo contrario. Escuchemos lo que dice el viajero francés Pedro Francisco Javier de Charlevoix que nos visitó en 1756:

... San Miguel de Tucumán se halla situado justamente al pie de la Cordillera -las Sierras del Aconquija-. Apenas sería posible encontrar sitio más ameno, ni país más fértil por lo cual sus campos, sus valles -en una palabra todo su territorio- está cubierto de fincas, vergeles y jardines donde crece la mayor parte de los árboles frutales del Antiguo y del Nuevo Mundo.

En 1773 pasa otro visitante por Tucumán. Es el famoso escritor peruano Calixto Bustamante Inca, más conocido por su sobrenombre Concolorcorvo. Viene desde Buenos Aires y después de pasar por Córdoba y Santiago, se aproxima a San Miguel de Tucumán. El camino que recorre cruza el río Salí que describe de esta manera:

Una legua antes de la ciudad se encuentra el río... Salí. Sus aguas... son cristalinas y a sus orillas de hacen unos pozos y, por los poros, se introduce agua potable.

Gracias al mismo Concolorcorvo sabemos que continuaba la explotación de los bosques naturales que, para la percepción colectiva, seguían pareciendo inagotables. Uno de los motivos de la explotación era la fabricación de carretas de las que Tucumán era el principal proveedor del Virreinato. La abundancia de buenas maderas –dice- les facilita [a los tucumanos] la construcción de buenas carretas.

A continuación el autor agrega una observación muy reveladora porque nos da la pauta de la extensión en que no sólo Tucumán, sino una dilatada área de nuestro país estaba cubierta de bosques y selvas:

[Las carretas] caminan desde Córdoba a Jujuy entre dos montes espesos que estrechan el camino.

Más adelante escribe:

La jurisdicción de San Miguel de Tucumán es la menor en extensión de la gran provincia de ese nombre [El Tucumán], pero, en mi concepto, es el mejor territorio de toda ella por la multitud de aguas útiles que tiene para los riegos, extensión de ensenadas para pastos y sembrados y su temperamento más templado.

Es decir, que el peruano coincide con lo que afirmaba el P. Barzana: de toda la gran provincia del Tucumán, la jurisdicción de San Miguel de Tucumán era, por las características de su naturaleza, la mejor parte.

Llegamos al siglo XIX, el de los grandes cambios en nuestra historia. En 1801, el Dr. Angel Mariano Moscoso, (1789-1804) decimoséptimo obispo del Tucumán, describía así nuestra ciudad:

Todas las ventajas de la naturaleza concurren a acreditar la buena elección que se hizo de este lugar privilegiado. Está edificada esta ciudad sobre una llanura dominante, que siempre ofrece a la vista en sus agradables prados un objeto variado, ameno y delicioso. Su temperamento es suave aunque algo ardiente y se dejan conocer en las benéficas influencias de su aire, los buenos hálitos que le suministra el reino vegetal, ya que la ciudad estaba rodeada del bosque natural, como engarzada en él. La llanura dominante era la planicie que, hacia el este, tenía la barranca hoy reconocible en El Bajo y hacia el sur, el desnivel que se produce en la calle Bolívar.

En 1812, después de producido el brillante triunfo de Batalla del 24 de Septiembre, un forastero del que sólo sabemos que se llamaba Roque, en una carta describe la ciudad de una manera tan breve como expresiva:

Esta ciudad de Tucumán es muy graciosa y pequeña, abundante y de edificios bastante bien formados.

A juzgar por estas y otras descripciones posteriores, vemos que la ciudad de entonces había nacido dueña del valiosísimo patrimonio de ofrecer una imagen muy cautivadora gracias a la naturaleza en cuyo marco había sido fundada. Entre las obras públicas dignas de mención que mostraba, se encontraba el conjunto que se conocía como Campo de Honor, donde había tenido lugar la gloriosa batalla. Su monumento más llamativo –y único de la pequeña urbe- era la pirámide que Belgrano hizo construir en homenaje a la Revolución de Mayo. Se levantaba al sudoeste de la ciudad, próxima a La Ciudadela y a la casa que él habitaba, y se llegaba a ella por una alameda -hoy calle Alberdi- que hizo abrir el Gral. San Martín. El conjunto de la calle larga flanqueda por álamos que en el suelo tucumano crecieron rápidamente, que desembocaba en la plaza de la pirámide, era uno de los más agradables paseos de San Miguel de Tucumán.

En 1825 nos visitó el inglés Joseph Andrews y entre las muchas observaciones que hizo , hay una muy interesante respecto del estado cultural de la ciudad:

Las artes y las ciencias son casi desconocidas... Sólo la música parece estar cultivada; sin embargo, notase la existencia de un deseo intenso de mejoramiento, un espíritu general de liberalismo, sed de saber, todo lo cual contribuirá a que el actual estado de cosas no dure mucho tiempo.

En 1834 Juan Bautista Alberdi que a los 14 años, por beca concedida por el gobernador Alejandro Heredia, viajó a Buenos Aires a estudiar, vuelve a Tucumán después de una década y describe así la emoción del regreso:

Por donde quiera que se venga a Tucumán el extranjero sabe cuándo ha pisado su territorio sin que nadie se lo diga. El cielo, el aire, la tierra, las plantas, todo es nuevo y diferente de lo que se ha acabado de ver. Son encantadores los contornos del pueblo; alegría y abundancia... se ve en lugares donde en las grandes ciudades no hay más que indigencia y lágrimas. No es el pobre de Tucumán como el pobre de Europa. Habita una pequeña casa... cuyo techo es de paja olorosa. Un vasto y alegre patio la rodea, que jamás carece de árboles frutales, de un jardín y gran número de aves domésticas....los carpinteros de Tucumán no trabajan a la sombra destemplada de largos y tristes salones. La vasta copa de un árbol les ampara de los rayos del sol...

Dedica otro párrafo a describir la primavera tucumana:

En la patria favorita de las flores y los pájaros, la primavera no puede ser sino maravillosa... Lo que principalmente llama la atención son los bosques de naranjos que casi rodean el pueblo cuyas copas visten tan profusamente de flores que parecen nieves de azahar... No todos los árboles florecen a un tiempo. Primeramente asoma la aurora de la primavera en la cima de los lapachos que se tiñen de rosa... Después levantan sus copas de oro otros árboles que cargan sus ramos de unas grandes rosas amarillas... Durante los meses de primavera cada semana ofrece la naturaleza, nueva decoración.

Luego habla de un tarco que había camino a La Ciudadela:

Este árbol de cerca de 100 pies -30m.- de altura, ...antes de mostrar una hoja se viste todo entero de una hermosa flor morada...; a lo lejos parece un inmenso vaso de cristal violado.

Pero a continuación de estos párrafos tan poéticos y emocionados, Alberdi toma un tono dolido que debe hacernos reflexionar por que poseen valor diagnóstico. Ocurre que, al visitar el Campo de Honor, lo ha golpeado el estado de abandono que muestra el histórico sitio víctima de la indiferencia o desidia hacia semejante bien patrimonial, actitud que, de este modo comprobamos, entre los tucumanos viene de larga data:

Ya el pasto ha cubierto el lugar donde fue la casa del General Belgrano, y si no fuera por ciertas eminencias que forman los cimientos de las paredes derribadas, no se sabría... donde existió. A dos cuadras... está La Ciudadela... Los cuarteles derribados son rodeados de una eterna y triste soledad...
Entre La Ciudadela y la casa... se levanta humildemente la Pirámide de Mayo, que más bien parece un monumento de soledad y muerte. Yo la vi en un tiempo circundada de rosas y alegría; hoy es devorada de una triste soledad...

Pero no obstante la negligencia de los seres humanos hacia la obra de los antecesores, la naturaleza, el riquísimo patrimonio original tucumano, sigue prodigando sus bienes que continúan pareciendo inagotables. En 1845, Domingo Faustino Sarmiento sin haber conocido, aún, Tucumán, guiado por la fama legendaria de su belleza, lo describió así, en su obra Facundo:

Es Tucumán un país tropical, en donde la naturaleza ha hecho ostentación de sus más pomposas galas; es el Edén de América, sin rival en toda la redondez de la tierra. Imaginaos los Andes cubiertos de un manto verdinegro de vegetación colosal, dejando escapar por debajo de la orla de este vestido doce ríos que corren a distancias iguales en dirección paralela, hasta que empiezan a inclinarse todos hacia un rumbo y forman, reunidos, un canal navegable que se aventura en el corazón de América. El país comprendido entre los afluentes y el canal tiene, a lo más, cincuenta leguas. Los bosques que encubren la superficie del país son primitivos, pero en ellos las pompas de la India están revestidas de las gracias de la Grecia.

En 1852 visitó la provincia el inglés Woodbine Parish quien, también impresionado por la prodigiosa naturaleza tucumana aún no menoscabada por la acción del hombre, se refirió a ella con estas palabras:

La naturaleza ha sido tan pródiga... de sus más exquisitos dones, que con justicia merece... Tucumán su nombradía... de Jardín de las Provincias Unidas...

La vegetación... es incomparablemente lozana y espléndida. Mientras que los llanos producen... trigo... maíz... arroz y... tabaco en la mayor abundancia, la planicie y las faldas de la sierra, al oeste, están cubiertas de hermosos árboles de infinita variedad... Espesos y grandes bosques de aromos y naranjos exhalan una fragancia que realza los encantos de aquella privilegiada región.

En ese mismo año, otro forastero, el argentino Ernesto Quesada, al escribir sus recuerdos de viaje dio una imagen de nuestra ciudad comparándola con sus vecinas Santiago y Salta. Su juicio resulta muy interesante porque capta dos características tucumanas que se mantienen invariables:

Una, que La... ciudad de San Miguel de Tucumán era más alegre, más bulliciosa, había más movimiento y más industria... observación que habitualmente se escucha de boca de personas provenientes de otras provincias o países: la ciudad de Tucumán sorprende por su mucho movimiento y, además, es divertida.

La otra invariable cultural que observó Quesada ya no es tan halagüeña y tiene su antecedente en la observación de Alberdi sobre la tendencia a la desidia, evidente en el abandono del área histórica de La Ciudadela:

Cierto es –dice Quesada- que las calles no podían servir de modelo, que las calzadas eran malas,... la higiene... un mito, pero comparándolas con otras -de otras ciudades- les era muy superior.

En 1854 nos visitó Domingo Navarro Viola que dejó una de las descripciones más vívidas y profundas de provincia y ciudad:

Nada hay que más impresión produzca al viajero que atraviesa la Confederación Argentina de Sur a Norte que el paso sensible de la provincia de Santiago a la de Tucumán.

Después de cien leguas corridas por medio de los bosques áridos de “quebrachos”, “algarrobos” y “breas”; entre espinas y “cactus”, por un suelo arenoso y salitral... con la cabeza y el corazón oprimidos de aburrimiento... una línea marcada divide las provincias de Santiago y Tucumán, una línea de verdura de campos y de bosques completamente distintos, alegres, frondosos, de formas caprichosas pero siempre variadas y elegantes.

De nuevo tenemos aquí la mención del patrimonio tucumano por excelencia: su naturaleza, especialmente, sus estupendos, amenos bosques. Avanzando por medio de ellos Navarro Viola llegó a La Banda ocupada, entonces, por fincas con cercos cubiertos de enredaderas. Desde aquí –escribe- se divisa la ciudad con sus torres, sus pirámides y sus bosques de naranjos. La sierra en lontananza completa el paisaje más bello que han podido soñar los pintores suizos.

Nada queda de desear si el viajero, llegando a la caída de la tarde, contempla desde ese punto toda la magnificencia y la gracia que la naturaleza ha prodigado en este país de bendición. Todo es grande en él. Esas serranías sobrepuestas y nevadas perpetuamente en su tercer plano...; otras dos cubiertas de la más lujosa vegetación; la falda más pintoresca y caprichosa que puede diseñar la fantasía; una ciudad que brota en medio de los bosques seculares... en medio de esa atmósfera de fuego y de nácar, y de esa temperatura que debía haberlo enervado con su ardor, es el panorama más bello y el cuadro más poético que puede reflejarse sobre la imaginación del que contempla a la naturaleza en sus perspectivas inmensas como ella misma.

En otras palabras, la ciudad... con sus calles rectas y sus casas blanqueadas, todas de tejas, gracias a su ubicación en medio de un escenario natural espectacular, era encantadoramente linda, sin embargo, Navarro Viola pronto habría de enfrentarse a la contracara a la que ya hicimos referencia, como lo revela el siguiente párrafo:

No bien se sale de las calles... uno se encuentra con el “Campo de Honor”, frente a La Ciudadela... fuerte antiguo... delineado bajo las órdenes del general... San Martín... Ya no existen sino sus ruinas y la naturaleza con más vergüenza que los hombres que debían haber conservado estos monumentos de nuestros padres tan gigantes, las ha cubierto con un espeso bosque de Ischiviles, tuscales y enredaderas silvestres, como para llamar con su aroma la atención del caminante y mostrarle cómo ha podido la ingratitud de los hijos olvidar casi hasta la memoria de los padres, dejando perder los monumentos que la inmortalizan. De nuevo aparece aquí la constante cultural de la desidia, en este caso, la indiferencia ante el patrimonio que legaron las generaciones anteriores y que llevaba la impronta de dos de nuestros próceres máximos: Belgrano y San Martín.

Poco más allá, la modesta pirámide... deja ver su blanca, delgada y elegante figura dibujándose graciosamente sobre el oscuro verdor de sus serranías... sin embargo amenaza ruina si los gobiernos, como deben, no se esfuerzan en conservar el único recuerdo que queda del virtuoso Belgrano...

Detrás de ese monumento quedaba la casa del general Belgrano. Viajero, no pases sin apartar las malezas del camino para descubrir con trabajo los cimientos, que es todo lo que queda de ella.

Nada de particular presenta el resto de los alrededores de la ciudad, si no es el sorprendente aspecto de una vegetación gigantesca que abunda por todas partes.

Esa era la imagen de nuestra ciudad que podemos sintetizar así: en la medida en que la naturaleza ponía su belleza, era preciosa, pero la incuria humana mostraba ya su peligrosidad en el abandono o indiferencia por la conservación de un bien patrimonial único, que reunía el escenario de una heroica batalla con dos obras relacionadas –como recién dijimos- a dos héroes de nuestra Historia.

La evolución de Tucumán en la era constitucional se aceleró al ritmo de un verdadero culto a las transformaciones que se expresaba con la palabra “progreso”. Muy reveladora es la interpretación que le da Arsenio Granillo quien la define así: el espíritu de progreso... es el soplo con que Dios alienta a la humanidad. Despuntaba, entonces, el boom absolutamente inédito para Tucumán y el país de la industria azucarera reflejado en la ciudad en un fuerte deseo de cambio que observó el sabio alemán Hermann Burmeister quien la visitó en 1871.

Llegaba desde Santiago, por el acostumbrado camino que cruzaba el río Salí encerrado entre barrancas. Nos cuenta que desde la orilla oriental y más elevada del río... se goza de una perspectiva muy hermosa sobre la ciudad que se halla en la extensa llanura, delante de los oscuros bosques de la sierra, envuelta en tupido follaje de naranjos del que sólo sobresalen las cuatro altas y vistosas torres [de sus cuatro iglesias]

Al avanzar por el camino flanqueado de fincas de caña de azúcar y naranjos, el aire era tan limpio, que le permitía distinguir el tupido y oscuro follaje de los naranjos con que están adornados todos los patios y jardines situados detrás de las casas...

No creo haber gozado nunca de una perspectiva más hermosa que ésta, al contemplar la encantadora Tucumán... desde la altura junto al río...

A continuación hace observaciones concernientes a la idiosincrasia de la población en ese momento histórico:

De las ciudades del interior de los Estados del Plata... es, sin duda, la más elegante y socialmente la más agradable de todas... disfruta de una ubicación libre y pintoresca...; posee una edificación esmerada y una población que, por lo industriosa, es más inteligente y mentalmente más vivaz que la de cualquier otra ciudad... que he tenido ocasión de conocer.

...Aún cuando sucumbió, como todas las demás [provincias] a la tiranía del dictador Rosas, se mantuvo alejada... más que las otras de la esclavitud intelectual...

En Tucumán hay muchísima actividad intelectual, más que en otras ciudades argentinas y es un pueblo de mucho porvenir razón por la que le vaticinaba un futuro como centro cultural de la región.

Varios años después, en 1876, los hermanos ingleses M.G. y E.T. Mulhall, hacían una observación que se corresponde con esta opinión al afirmar que pocas ciudades en la República tienen una proporción tan elevada -32%- de personas que saben leer, un dato que debe tenerse en cuenta porque, en años futuros, redundará en el salto cultural al que ya nos referiremos, que le vaticina el sabio Burmeister con cuyas observaciones continuamos:

Debido a esta positiva actividad, preparada y apoyada por su feliz ubicación en una comarca bendecida por la naturaleza, ha desempeñado ya varias veces un papel decisivo en la historia de la joven república...

[En] las quintas se encuentran siempre extensos naranjales; están ubicadas, en su mayoría, al este de la ciudad... rodeados de cercos naturales... cubiertos de vivaces enredaderas en flor... Comprendí, entonces, con cuánta razón... en todo el país se denominaba a Tucumán el “Jardín de la Confederación Argentina”.

En cuanto a lo edilicio, observa que reinaba un verdadero furor constructivo; se demolían casas aún perfectamente habitables, sustituyéndolas por otras nuevas... Sin embargo, más adelante cuenta algo que es todo un diagnóstico cuando, con motivo de un viaje a Lules, visitó el Convento que fue, primero, de los jesuitas y, tras su expulsión, de los dominicos. Lo encontró en estado ruinoso lo que lo llevó a comentar lo siguiente:

En esta tierra lo antiguo carece de valor y es entregado lo más pronto posible a la destrucción completa.

Otra observación digna de mencionarse es la de la tala de los bosques naturales. Por ese tiempo había avanzado tanto que comenta que en el espacio entre la ciudad y Yerba Buena, ya sólo se ve un campo de matorrales... [que] se dice que originalmente era boscoso.

Desaprueba la manera salvaje en que, a veces, se hacía esa explotación lo que amenazaba de extinción algunas especies vegetales, como es el caso del cebil:

Desgraciadamente están exterminando este árbol tan útil arrancándole la corteza tal cual está en el bosque, y lo destruyen de esta manera.

Afortunadamente y para su suerte, todavía permanecía intacta la selva pedemontana de laureles que pudo contemplar en su esplendor, a la que dedicaré un espacio especial:

Se extendía desde Tafí Viejo hasta el río Marapa y el primero que la describió fue el capitán inglés Joseph Andrews, naturalista y viajero que había recorrido casi todo el mundo, quien relata así la experiencia que tuvo acompañado por el caballero tucumano don Tomás Ugarte:

Me condujo hasta... donde podían verse esos árboles estupendos, algunos de los cuales tenían un tronco limpio de más de cien pies -30 mts.- de altura, y digo cien... por temor de equivocarme pues tengo por cierto que los había allí de mucha más altura... Jamás, anteriormente, había visto una maravilla de vegetación semejante. Imperecederas, profundamente arraigadas, quedaban en mi espíritu las impresiones que recibía al contemplar en su propio lugar las incomparables bellezas de esa tierra deliciosa. En cuanto a grandeza y sublimidad, no creo que sean sobrepasadas en parte alguna de la tierra...

Contemplé hasta hartarme aquellos viejos patriarcas de las selvas... Contemporáneos de las viejas edades parecían reunir en sí la sucesión de los tiempos...

[Sin embargo, con] don Tomás calculábamos ya los estragos que entre ellos produciría... la fiebre del progreso, cuando comenzara la explotación agrícola en gran escala. La suerte los ha conservado hasta ahora y estos patriarcas viven aún; pero el destino que les pronosticábamos era seguro..., como lamentablemente lo ha sido.

Si se me permitiera representar al majestuoso Aconquija... lo haría... con la cabeza entre las nubes, cubierta de nieves eternas; con sus pechos que arrojaran ríos de oro y de plata por sobre el rico ropaje de las faldas; con sus laderas cubiertas de un verdor eternamente lozano; con sus pies deslizados por entre la aterciopelada vegetación de sus valles, conjunto todo de lo más bello, quizás lo más bello que jamás formó la naturaleza.

Burmeister coincide con Andrews y aunque no se expresa con su fuego romántico, habla así de las Selvas de Laureles:

Los bosques de la falda... se componen principalmente de hermosísimos laureles, muy viejos y de colosales dimensiones. Es un árbol... imponente, sin duda la planta más preciosa de la República Argentina y el más espléndido adorno que ha producido su suelo...ni aún en los bosques vírgenes de Brasil he hallado paisajes de naturaleza selvática más hermosos que allí, en las magníficas selvas de laureles de Tucumán.

Tiempo después otro sabio, el francés Martín de Moussy, hablaba de un laurel, patriarca entre los patriarcas, que tenía un tronco de 8 mts. de circunferencia.

Gracias a estas descripciones, por el mundo continuaba vigente la imagen de Tucumán como un país legendario, de extraordinaria belleza. Ya la había tomado, en el siglo XVIII, el pensador francés Voltaire para mencionarlo en su libro Cándido y en el siglo XX lo mencionaría García Lorca en su obra Doña Rosita la soltera. En 1886 la tomó el literato italiano Edmundo D’Amicis, en su libro Corazón, cuando relata la historia de un niño italiano llamado Marcos que llega a Tucumán en busca de su madre y debe atravesar solo, de noche, la selva de laureles:

Marcos... caminaba... a través de una vastísima floresta de árboles gigantescos... con fustes desmesurados semejantes a pilastras de una catedral... Una grandeza soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majestuosamente terrible que le hubiese ofrecido la naturaleza vegetal.

Ya escuchamos la descripción de Alberdi sobre la primavera en Tucumán; escuchemos ahora la de la escritora salteña Juana Manuela Gorriti que la gozó en nuestra ciudad, en el año 1865:

En la deliciosa región que se extiende desde el confín boliviano..., al centro de una comarca donde se hallan reunidas todas las bellezas de la creación, sobre una llanura surcada de cristalinas fuentes y perdida como el nido de un ave entre rosas y jazmines, alzase una ciudad de aspecto oriental. Sus blancas cúpulas se dibujan con primor sobre el verde oscuro de los bosques de naranjos que la circundan, cautivando las miradas del viajero que la contempla a lo lejos. Sus caminos son avenidas de flores; su aire es tibio y fragante; sus días, una irradiación de oro y azul; sus noches, serenas, estrelladas, pobladas de música y de amorosos cantares.

Quien una vez la haya habitado no la olvida jamás, y si un día volviera a ella, aunque Dios hubiera quitado la luz de sus ojos, al aspirar su perfumada atmósfera exclamará -¡Tucumán!”

¡La primavera en Tucumán! Es decir, torrentes de luz y de perfumes; cielo azul orlado de nacarados celajes; vergeles poblados de flores...!

Pero al final de estas líneas tan transidas de emoción, su sensibilidad poética percibe en Tucumán -por el que comenzaba a incursionar el transformador dios Progreso con sus dos caras, la positiva y la negativa- algo ominoso, inquietante que la lleva a cerrar así su descripción: [Tucumán], imagen del Eden, el Bien y el Mal aspirando a poseerla sostienen allí perpetua lucha. ¿Cuál triunfará?

Cuando en 1873 llegó a Tucumán, por primera vez, el famoso francés Paul Groussac se expresó así de nuestra tierra:

Llama a Tucumán país privilegiado entre cuantos encierra el privilegiado continente americano... Para el viajero joven... la entrada a la tierra tucumana es una revelación... arroba los sentidos...reina incontestable por el derecho divino de su hermosura.

Las calles de la ciudad no tienen el aspecto proletario y advenedizo de otras muchas ciudades de la República; aquí, por donde quiera hay sol, espacio, árboles más altos que las paredes y jardines más espaciosos que las casas... el perfume bienhechor de la tierra virgen penetra en la vida del hogar para endulzarla y refrescar.

Transcurren tres años y en 1876 llega a Tucumán el ferrocarril para producir una revolución profundísima que tendrá su más plena manifestación en el desarrollo de la industria azucarera que transforma a nuestra provincia en el primer parque industrial del país. Mucha gente teme al pensar en los efectos del cambio arrollador que se avecina y el presidente Nicolás Avellaneda, que fue quien trajo el ferrocarril, pronuncia un hermoso discurso. En uno de sus párrafos dice así:

Oigo decir que este Tucumán poético desaparecerá en breve porque el humo de la locomotora espesa la atmósfera y empaña los cielos. No lo creo... La naturaleza se embellece y se completa bajo la acción fertilizante de la industria. Lo que vemos y admiramos... no ha tenido hasta hoy, por autores, sino los tres artífices primitivos: el aire, el agua..., el sol. ¿Cuántos prodigios se producirán cuando se agregue a ellos el trabajo... inteligente; cuando el árbol espontáneo y el árbol cultivado entretejan sus ramas o confundan sus perfumes?

Avellaneda imaginaba un desarrollo industrial y un desenvolvimiento económico que se produjera en perfecta armonía con la naturaleza, sin agredirla, sin menoscabarla, sin abusar de su generosidad, pero la experiencia nos muestra que no sucedió así y el antes mencionado Groussac, cuando volvió en 1894 a Tucumán, en pleno auge industrial, observa que, a raíz de él, ha surgido un peligroso espíritu mercantilista por lo que escribió estas líneas de advertencia a los tucumanos:

Ganada la batalla industrial, recordad que tenéis un alma. Que haya en vuestra vida económica algunas horas de tregua para el estudio y la meditación de lo bello, como al lado de vuestras fábricas un pedazo de suelo cubierto de plantas desinteresadas, un jardín cuyas flores no tengan un precio venal.

Comenzado el siglo XX, en 1910, José Enrique Rodó escribía estas dolidas líneas que coinciden con lo experimentado por Groussac:

Tucumán es de las pocas ciudades hispano-americanas cuyo nombre suena, a distancia, con... prestigio de leyenda, con... vibración de idealidad... No es principalmente la aureola de los recuerdos históricos... [pues] por encima de ese prestigio... descuella el de la naturaleza: la leyenda paradisíaca que, tejida por los relatos y saudades del viajero, comunican a quienes las escuchan algo como una nostalgia de aquella tierra encantada antes de haber estado en ella...

Yo no sé si las impiedades de la civilización han desgarrado, en torno del Tucumán de hoy, el velo de inefable poesía con que aparece en aquella página imperecedera [de Sarmiento], pero si acaso fuese así, yo pido a mis amigos de Tucumán que no me lo digan y que me perdonen la iniquidad de desear que su ciudad progrese poco y lentamente, si ha de adquirir su mayor intensidad de civilización a costa de su patrimonio magnífico de poesía.

Así escribía Rodó planteando, de hecho, una antinomia entre “civilización” o “progreso” y “poesía”. No adhiero a ello. Tucumán necesitaba del progreso a riesgo de ahogar sus fuerzas creadoras que evidentemente pujaban por manifestarse. No podía quedar estacionado en la economía que desde el siglo XVI se había mantenido casi sin variantes, ni tampoco podía continuar con una educación reducida a escuelas de primeras letras.

Los tucumanos le debemos al progreso dos grandes realizaciones que siempre lo enorgullecerán: el haber sido el primer parque industrial que surgió en nuestro país, con la industria azucarera que promovió muchas industrias más, y el haber creado una Universidad, la cuarta de Argentina, nacida provincial y luego nacionalizada. Fue una realización cultural extraordinaria, nacida no por súbita decisión de un gobierno, sino como fruto maduro de esa singularidad que observaron varios viajeros del siglo XIX, y que les revelaba un aspecto muy interesante y prometedor de la personalidad tucumana: la inquietud por el conocimiento, la tendencia a la universalidad de cierto sector de la población que en un tiempo marcó pautas y le dio a Tucumán gran prestigio dentro y fuera del país.

Lo lamentable fue que la fuerza nueva del progreso a veces adquirió los matices de desvalorización del patrimonio heredado y de explotación incontrolada de la naturaleza, con concentración en su valor económico y total ignorancia de su valor belleza; incluso, puede observarse hasta hostilidad hacia ella, quizá por su vitalidad que la lleva a invadir lo que deseamos sea territorio exclusivamente de dominio humano, ¿acaso no hemos visto árboles creciendo en los parapetos de las casas, helechos brotando de las grietas?

Tal actitud destruyó tesoros patrimoniales muy valiosos como fue la pérdida del Campo de Honor, la demolición del Cabildo, de muchas casas patriarcales, esto en lo que respecta al área histórica y edilicia. O como la tala de la Selva de Laureles, monumento natural que debió preservarse y no eliminarse para ganar tierras de cultivos.

Pero no nos descorazonemos. Tengamos presente que tanto las comunidades humanas, como los individuos pasan por etapas de sus vidas que les exigen corrección del rumbo. Creo que Tucumán está en una de ellas. Los tucumanos tenemos que hacer análisis de conciencia; analizar por qué provincias que antes estaban detrás de nosotros y nos miraban como guía hoy nos llevan la delantera en muchos aspectos.

Necesitamos enfrentarnos a nuestras falencias y una de ellas es no haber sabido conciliar progreso con el mantenimiento de ese patrimonio magnífico de poesía con que nos dotó la naturaleza. Hoy ésta presenta graves síntomas de degradación:

Nuestra primavera actual no es la que arrobó a Alberdi, la que fascinó a Juana Manuela Gorriti. Por el contrario, es la época de mayor polución ambiental del año, tan intensa, que las cenizas y polvo en suspensión impiden ver los cerros que deslumbraban a los forasteros que llegaban a Tucumán. La polución desencadena problemas respiratorios y oculares de la población, ennegrece muros, ahoga el follaje de las plantas y a todo lo cubre con una gris pátina de suciedad. Está reiteradamente probado, pero no reaccionamos.

Muchos de nuestros ríos están contaminados y el pobre Salí no es más el de aguas cristalinas que vio Concolorcorvo.

La deforestación ha llegado a extremos peligrosos y no se detiene.

Nuestra ciudad no puede calificarse más como encantadora y poética aunque no porque crecimiento y progreso sean incompatibles con estas condiciones. Esto tiene que quedar muy en claro. Tenemos el caso paradigmático de la ciudad de Mendoza: surgida en una zona árida, por obra del hombre hoy es un vergel, mientras San Miguel de Tucumán que recibió de la suerte el privilegio de surgir en medio de un vergel, hoy es una urbe deforestada. Mientras la OMS recomienda una reserva mínima de 14 mts.2 de espacio verde por habitante, nuestra ciudad cuenta con sólo 4mts.2 y ellos están amenazados de ocupación como ocurre con las áreas verdes contiguas al Hipódromo y a la Estación Terminal, que quedan de lo que debió ser el sector sur del Parque 9 de Julio.

El caso de éste es patético y el Arq. César Pelli lo califica como un horror. De las 400 hectáreas destinadas a él (era mayor que el famoso Central Park de Nueva York) , cuando la población de la ciudad era de 80.000 almas, han quedado sólo 140 para una población que suma casi un millón.

San Miguel de Tucumán hace mucho que dejó de ser capital del llamado Jardín de la República calificativo en riesgo de perder vigencia. Con dolor debemos reconocer que ha perdido su gran y singular patrimonio magnífico de poesía al que se refería Rodó y hoy somos una ciudad sucia, desidiosa y desordenada.

En cuanto a conservación del patrimonio histórico y arqueológico no estamos mejor porque siempre faltó presupuesto para protegerlo e incrementarlo. Las ruinas de Ibatín –las más viejas de ciudad virreinal existentes en el país- nunca se recuperaron debidamente. Tampoco lo que queda de la ciudad de Medinas. Tucumán podría tener tres ejemplos de asentamiento urbano, testimonio de distintas culturas y épocas históricas, en las ruinas de Quilmes, las ruinas de Ibatín y la ciudad de Medinas.

Los menhires de Tafí, únicos en el mundo, exponente de la cultura prehispánica más antigua de nuestro país, que se desarrolló antes de la era cristiana, todavía no tienen el lugar que su jerarquía mundial exige.

Las ruinas incaicas llamadas del Clavillo, del río Las Pavas o Ciudacita, que merecerían ser declaradas Patrimonio de la Humanidad, están totalmente desprotegidas, a merced del clima riguroso de las alturas y de quien quiera depredarlas.

Y a pesar de los importantes esfuerzos realizados en los últimos tiempos, Tucumán, no obstante sus tres universidades, aún no posee los grandes museos que debería.

 

Conclusión

Todo este panorama nos lleva a hacernos varias preguntas ¿Qué hacer?¿Cómo revertir este fenómeno de estancamiento y deterioro que tan rápidamente nos está haciendo perder no sólo bienes, sino también posiciones comparativas, cuyo núcleo está en la preservación del patrimonio en toda la amplitud de su gama?

Lo primero que viene a nuestra mente es remitirse a los gobernantes para que ellos den la solución, sin embargo no es la respuesta correcta. La respuesta fundamental está en nosotros mismos, en la comunidad tucumana puesto que los gobernantes salen de ella y si como ciudadanos comunes no hemos tenido conciencia de nuestros defectos, omisiones e inacciones, jamás de producirá el milagro de tener distinta actitud en el caso de llegar a ser autoridad.

Cada uno de los que aquí estamos reunidos debemos proponernos hacer algo por recuperar Tucumán, el barrio en que vivimos, la ciudad capital y la provincia toda. Por poca que nuestra acción parezca y por pequeño que sea el ámbito en que actuemos debemos tener plena seguridad de que de todos esos pocos necesariamente surge un mucho, surge una conciencia colectiva.

En diez años tendremos la celebración del segundo centenario de la Declaración de la Independencia, la hazaña cívica, el acontecimiento más importante de nuestra Historia porque por él Argentina nació como Estado soberano. Los tucumanos seremos los dueños de casa de esta celebración de carácter nacional y de trascendencia sudamericana, por lo tanto, debemos prepararnos. ¿Cómo? Proponiéndonos cambiar nuestra idiosincrasia y luchar por la recuperación de Tucumán comenzándolo por los hechos concretos, cotidianos como tener bien pintado el frente de nuestra casa o no arrojar basura a la calle o cuidar el árbol que crece en nuestra acera, esto con lo que la vida nos enfrenta constantemente, antes que volcarnos a proyectos de aquellos llamados “faraónicos”. A Tucumán hay que rescatarlo de las poluciones que padece una de las cuales es la desidia. Será el mejor modo de honrar el segundo centenario de la Declaración de la Independencia.

 

Bibliografía:

Andrews, Joseph, Cap.: Las provincias del Norte en 1825. Ediciones Sesquicentenario de la Independencia Argentina. Universidad Nacional de Tucumán. Tucumán, 1967

Burmeister, Hermann: Viaje por los Estados del Plata. 1857 – 1860. Tomo II. Unión Germánica en la Argentina. Buenos Aires. 1944

De Amicis, Edmundo: Corazón. Diario de un niño. Librería y Papelería de Domingo Ferrari. Sin mención de año de edición.

Furlong, Guillermo, S.J.: Alonso Barzana S.J. y su Carta a Juan Sebastián. 1594. Colección Escritores Coloniales Rioplatenses. Ediciones Theoría. Buenos Aires, 1968.

Lizondo Borda, Manuel: Tucumán al través de la Historia. El Tucumán de los poetas. Imprenta Prebisch y Violetto. Tucumán. 1916

 

Lic.Teresa Piossek Prebisch

San Miguel de Tucumán, 2 de mayo de 2006